En Rodas

on la caída del Acre, el movimiento cruzado pierde como proyecto político gran parte de su validez. Cuando en 1187 Jerusalén fue conquistada por las tropas de Saladino, en todos los estados cristianos hubo una inmediata reacción de carácter psicológico más que militar. En 1291, en cambio, la noticia de la toma de Tolemaida suscita dolor e indignación, pero ninguna sorpresa. La gravedad de la situación era concida tiempo ha, y a pesar de lo dramático, la pérdida de la Tierra Santa fue recibida por todos como un evento ya ineludible. Europa estaba lacerada por las profundas rivalidades entre los varios soberanos y el fervor religioso no era ya suficiente para sostener en el Oriente principios y rey. Tan solo el Papa Nicolás IV trató, pero inútilmente, de traducir en acciones concretas su profundo dolor por la derrota.

Pero si Europa podía diferir el problema relacionado con la herencia del reino de Ultramar, para las órdenes militares se iniciaba un período de grave incertidumbre. En la imposibilidad de desarrollar su propia actividad institucional, sentían venir a menos la razón misma por la cual habían sido fundadas.

El Hospital de Rodas, construido por el Grand Master Fra' Jean de Lastic.

Caían además los fundamentos de aquella operación de gran aliento que había sido la creación de las órdenes religiosas, cuyas reglas disponían, como obligación, la guerra a los infieles. Un fenómeno interesante en la historia de la Iglesia, que confirmaba la forma como ésta había sabido insertarse en la sociedad guerrera de aquel tiempo. El nacimiento de aquella institución había además demostrado que, de un episodio en parte casual, la cruzada había asumido la dimensión de un problema que comprometía la conciencia cristiana aún a nivel de pensamiento, de organización y de actitud disciplinaria eclesiástica.

Ricos y poderosos, con sus Comandos diseminados en trodas las naciones, fatigados con los problemas de varia naturaleza que la constante preocupación militar había siempre solucionado, las órdenes caballerescas terminaron como gigantes en busca de una bandera y prontos a alinearse junto a la parte que hubiere pedido su intervención y su ayuda por una causa que fuese plausible y aceptable. Nuevos protagonistas en el escenario de una Europa cristiana, de difíciles y precarios equilibrios.

Transferida la sede de su Convento y del Hospital a Chipre, los Juanbautistas sienten la necesidad de reorganizarse y de pensar en el futuro. La isla en la cual habían encontrado hospitalidad junto a los Templarios, aparece pronto como un ámbito demasiado estrecho y los Jerosolimitanos comprenden que en aquella situación su independencia amenaza estar comprometida.

Los años de la permanencia en Chipre constituyen un interesante período de estudio y reflexión. Reunidos además por dos veces en Capítulo General, los hombres del Hospital examinan la situación preparando la estrategia de su acción futura. Las propiedades esparcidas en toda Europa y las riquezas de los diversos Comandos comienzan a suscitar intereses y codicia que podían provocar peligrosas situaciones y la posesión de esos bienes debe encontrar cuanto antes una justificación en las labores militares y hospitalarias. Es necesario reorganizarse y volver a combatir.

La ocasión propicia se presenta en el 1306. Vignolo de Vignoli, un aventurero genovés al servicio del emperador de Bisancio, Andrónico II Paleólogo, que había obtenido del soberano un contrato de arriendo de las islas de Coo y de Leo, propone al Gran Maestro Folco de Villaret conquistar juntos todo el Dodecaneso y pide solamente retener para si un tercio del territorio. Los Juanbautistas comprenden que aquella oferta es la solución auspiciosa de sus problemas. El momento político sugiere a la Orden la más pronta recuperación práctica de su soberanía y de reiniciar cuanto antes su actividad. No pudiendo más combatir a los musulmanes en tierra firme, el mar se volverá para la Religión el teatro de su acción. Y como base operativa, Rodas era lo mejor que se podía pensar. Punto de encuentro entre las rutas de Occidente y de Oriente, ofrecían puertos naturales donde reparar las naves a las cuales el clima y los vientos consentiría moverse con facilidad. Característica preciosa para aquella que se convertiría en la patria y la fortaleza de la milicia de San Juan. También la situación general se delineaba, en ciertos aspectos, favorable.

Rodas era oficialmente un dominio del emperador de Bisancio, pero éste dejaba entender claramente que no sería opuesto a una eventual ocupación por parte de los Jerosolimitanos. Además la isla suscitaba hace ya tiempo la atención de los musulmanes y muchos núcleos sarracenos estaban tomando posesión rápidamente. Se trataba, en definitiva, de emprender una acción contra el eterno enemigo de la Cruz que amenazaba con apoderarse de un importante punto de apoyo.

Folco de Villaret decide la gran aventura y comienza los preparativos para alistar un flota compuesta de naves de la Orden y genovesas. La expedición se la estudia en Chipre, pero se la organiza en Italia. Y es de Bríndissi que zarpan las naves haciéndose a la vela hacia la isla en la que se detienen para embarcar todo el personal con equipajes y enseres de todo género. Una operación que presenta problemas logísticos bastante complejos, porque a más de lo que había sido transportado desde la Tierra Santa, los Juanbautistas habían permanecido en Chipre por un tiempo y después de la pérdida de la Palestina mucho material había llegado de todos los Comandos de Europa. Lo que estaba por iniciarse era, además, una empresa que no admitía reflexión y que debía ser conducida con el máximo de la prudencia pero, al mismo tiempo, de determinación.

Al iniciarse el verano la escuadra se aproxima a Rodas y los Caballeros comienzan las operaciones. Para completar la conquista serán necesarios algunos años, pero el 15 de agosto de 1310 flamea ya en toda la isla el rojo estandarte de la Religión. Para la Orden de San Juan es el inicio de uno de los períodos de mayor esplendor y gloria.

Superados los primeros momentos de dificultad, los Caballeros encuentran en Rodas la tierra ideal. La disponibilidad y la cordialidad de los habitanbtes, el clima y la posición geográfica facilitarán su retorno a la vida.

La Orden demuestra bien pronto la cualidad que en Palestina no había acertado a manifestar del todo y también desde el punto de vista cultural, bien distintos serían los intereses con respecto a aquellos cultivados en Tierra Santa. Obligados a defenderse continuamente, los Grandes Maestros supieron suscitar en torno a su nueva patria notables atenciones, concientes de la necesidad de hacer de la Sacra Milicia la expresión concreta de una cruzada que no recurría solamente a las armas para sostener principios e ideales.

Rodas se volvería un punto de referencia de primera importancia y sería siempre el centro de dos diversas consideracionbes.

El patio del Hospital, una de las mayores construciones de sanidad de su epoca.

Para las potencias europeas constituirá esencialmente una base militar de gran relevancia estratégica, mientras que para la Iglesia y el mundo cristiano será la vanguardia de una esperanza: mientras la bandera de la Cruz blanca sobre campo rojo flameara sobre aquella tierra, el sueño de un retorno a Palestina no debía considerarse del todo desvanecido.

Situada entre Oriente y Occidente, la isla representa también, desde un punto de vista romántico, el escenario de una época. Es la nueva patria de los últimos soldados de aquella milicia de Cristo, que de la cruzada logran todavía actualizar y profundizar el contenido religioso y político.

El Hospital se vuelve en breve tiempo una potencia marinera y no pudiendo encontrar en el número de naves la propia fuerza, confía en la calidad de los barcos y en el arrojo de los capitanes y de las tripulaciones, el secreto de su éxito.

El interés por el mar venía de una época precedente al establecmiento en Chipre. Disponer de un navío proprio fue una exigencia advertida en los últimos años de la permanencia en Tierra Santa, sobre todo después de la transferencia del Hospital a Acre convertido, en aquella fase de las hostilidades, en puerto de gran importancia estratégica más que mercantil. Debe considerarse, además, que la propia evacuación, efectuada en condiciones difíciles, resultó posible solo gracias al empleo de una eficiente flotilla.

Con la clarividencia que es una característica constante de su historia, los Jerosolimitanos habían afrontado de tiempo ha el problema de la presencia en el mar y la primera noticia de embarcaciones de su propiedad se tienen ya en el 1230. Aquel que, muy probablemente fue el primer navío armado de la Orden se llamaba Comptesse y podía transportar hasta 1500 hombres a más de la carga. A bordo estaba prevista la presencia, a más de la tripulación y de la gente para el remo de tres Caballeros: el capitán, el comendador de la nave y un tercero al que se confiaba el abastecimiento.

La necesidad de disponer de naves de batalla nace con el traslado a Limassol, en la isla de Chipre. El deseo de no perder del todo los contactos con la Palestina y la esperanza de un retorno a aquella tierra fueron, en un principio, las razones de una decisión que sugeriría después una nueva estrategia a los Caballeros de San Juan.

Y no obstante las muchas dificultades, el desarrollo de la marina debe haber sido bastante rápido, pues en el 1299, a pocos años de la caída de Acre, se encuentra mencionado en los reglamentos el cargo de Almirante.

En aquel año, en efecto, se habla de un fraile, Folco de Villaret, que cinco años después sería elegido Gran Maestro y tendría un papel determinante en la nueva organización de la Orden y en su transferencia.

El establecimiento juanbautista no resultará grato a los musulmanes que no demoran en agredir al antiguo enemigo y en la primavera de 1310 se presentan con una flota en las aguas de la isla. Las condiciones de la defensa son tales que no permiten rechazar con éxito el asalto, pero la intervención de Amadeo V, conde de Savoia, permite enfrentar al adversario que se bate en retirada. Rodas se salva y se inician las labores para convertirla en fortaleza.

En Occidente, entre tanto, los ideales cruzados parecían renovarse lentamente y de cada nación de Europa comenzaron a arribar jóvenes deseosos de vestir el hábito de San Juan. Las familias nobles de Francia, España, Italia, Portugal e Inglaterra mandaban a sus hijos segundones a militar bajo las banderas de la Sacra Milicia y en 1319, en el Capítulo General convocado en Montpellier por el Gran Maestro Fray Elione de Villeneuve, se resolvió reunir a los Hospitalarios en compañías correspondientes a su país de procedencia. Estos grupos se llamaban "Lenguas" y tenían por jefe un "Piliero", al que por derecho correspondía un cargo en el gobierno. Inicialmente se instituyeron las de Provenza, Alvernia, Francia, Italia, Aragón, Inglaterra (con Escocia e Irlanda) y Alemania. Más tarde, en 1462, Castilla y Portugal se separaron de la Lengua de Aragón y constituyeron la octava. Cada Lengua comprendía Prioratos o Grandes Prioratos, Bailiasgos y Encomiendas.

Innumerables los ataques de los otomanos en la tentativa de eliminar del Mediterráneo aquel enemigo que andaba fortaleciéndose rápidamente.

En el 1312 una escuadra naval entera conquista Amorgo, una isla de la cual los musulmanes podían amenazar fácilmente a los Caballeros. Es el proprio Gran Mestro Folco de Villaret quien guía el desembarco y la expulsión del enemigo.

En el 1318 en un lance a sorpresa asaltan Cos fortificada poco antes. Están a un paso de Rodas, pero el comandante de la galera Fray Alfredo III de Schwarburg, en una acción rapidísima, obliga a los adversarios a abandonar las posiciones ocupadas.

Naves turcas atacan Chio en el 1319 y Rodas en el 1320. En ambos casos las fuerzas juanbautistas son inferiores, pero el enemigo es rechazado y gran parte de sus buques capturados.

El sitio de Rodas: Fra' Pierre d'Aubusson rinde homenage a la Santísima Virgen María de Filermo, Protectora de la Orden.

No obstante los numerosos reveses, los musulmanes no desisten y su presencia en el Mediterráneo se hace cada vez más amenazante. En el curso del siglo XIII la situación se volverá, además, muy compleja. Los pequeños estados cristianos de Siria terminan por ser eliminados en la ofensiva de los soberanos mamelucos de Egipto y en manos occidentales quedan solamente Chipre y Rodas, mientras los turcos comienzan a volver su atención hacia Europa.

En la isla se trabaja sin descanso para construir bastiones y torres, iglesias y casas. Rodas se vuelve una ciudad fortificada pero, al mismo tiempo, elegante y confortable. Las veloces galeras cumplen, entre tanto, continuas correrías: asechan las rutas comerciales de las naves de la Medialuna llegando frecuentemente a amenazar, con incursiones relámpago, los centros habitados de la costa turca.

Años de gran fervor, durante los cuales el Hospital refuerza su estructura organizativa. De 1396 a 1437 los Grandes Maestros Filiberto de Naillac y Antonio Fluvian, dedican medios y energía para acrecer la capacidad defensiva de su fortaleza, convencidos como están de que cuanto antes Rodas deberá afrontar ataques mucho más grandes que aquellos que ha sufrido ya. Una obra de fortalecimiento para la cual el Gran Maestre Antonio Fluvian ofrecerá sus riquezas. Será con su herencia que será erigidas iglesias y se construirá un nuevo hospital.

El enemigo no se hace esperar. En 1440 los egipcios desencadenan una violenta ofensiva pero, guíados por el Gran Maestre Juan de Lastric llegado justo a tiempo de Europa, los Caballeros los rechazan en el curso de una sangrienta batalla al término de la cual persiguen a las naves enemigas hasta lo largo de la costa de Anatolia. En 1444 son los turcos quienes se aventuran en la empresa, pero su tentativa falla.

Sin descanso, pues, la actividad militar, considerada también la de las naves de la Religión, participa en todas las expediciones que las naciones católicas, exhortadas por varios Pontífices, organizan de tanto en tanto contra el Islam.

En el 1453 Mahometh II conquista Constantinopla y la Cristiandad aterrorizada vuelve la mirada hacia el Oriente donde, en pocos años, el sultán turco ocupa el Peloponeso, Trebisonda, Mitilene, la Eubea, parte de Albania, las colonias genovesas de Crimea, somete Serbia e impone su tributo a muchas naciones.

Para interceptarle el camino hacia Europa hay ya solamente una isla. Un pequeño obstáculo que puede ser fácilmente superado y Mahometh II declara que a aquel enemigo que osa desafiar a la potencia de la Medialuna, será oportuno darle una solemne lección que sirva de advertencia a todo el Occidente. Una amenaza que no tarda en ejecutar.

Al alba del 23 de mayo de 1480, ciento sesenta naves hacen su aparición frente a Rodas y cien mil hombres desembarcan rápidamente, arrastrando un número nunca visto de cañones. Se inicia así uno de los más grandes asedios de la historia.

El Gran Maestro Fray Pedro d'Aubusson ha previsto con tiempo los movimientos del enemigo y ha ordenado la movilización de todas las fuerzas a su disposición. Ha enviado mensajeros a los príncipes europeos con el pedido de hombres y medios, pero ha obtenido solamente promesas y respuestas evasivas. La única ayuda le ha traído un italiano, Benedetto della Scala que comanda un contingente de hombres armados por su cuenta. Con él está también el hermano del Gran Maestro, Antonio d'Aubusson.

Los turcos no pierden tiempo. En intento de desmoralizar a los rodesinos, acometen también el poblado con una verdadera lluvia de proyectiles, pero los refugios para proteger a los niños, los viejos y los enfermos han sido preparados con mucha anticipación. El 24 de mayo, concluído el maciso bombardeo, los comandantes ordenan el primer asalto. Están convencidos de que darán rápida cuenta de los asediados, pero la tenacidad de los Jerosolimitanos desmiente las fáciles previsiones del sultán y el asedio se prolonga por dos meses. El 27 de julio los musulmanes desencadenan aquello que en sus planes debía ser el ataque definitivo. Más de 3500 proyectiles han caído sobre la ciudad en el curso del cañoneo que ha durado semanas y que ha reducido algunos puntos de la cinta amurallada a un montón de ruinas.

Y es contra aquellos pasos que el comandante de la infantería, el renegado Nisha Paleólogo, emplea sus mejores tropas: 2500 genízaros y otros miles de soldados circundan la Torre de Italia y plantan en las escarpas la bandera del profeta. Todo parece perdido, pero la reacción es inmediata. Guíados del Gran Maestro, los Caballeros afrontan en un cruento cuerpo a cuerpo al enemigo que finalmente, se ve obligado a retroceder. No obstante las numerosas heridas recibidas, Fray Pedro d' Aubusson no se cansa de exhortar a los suyos a rechazar a los adversarios que vuelven nuevamente a la carga.

Una sangrienta jornada cuyo éxito, junto con la noticia de un inminente arribo de refuerzos, induce al Pachá Paleólogo a renunciar a la empresa. La insolencia musulmana se ha estrellado contra aquella pequeña isla. Europa puede mirar con renovada esperanza a la Sacra Milicia, como el único baluarte contra el Islam. Mahometh II debe admitir amargamente que un puñado de hombres ha logrado batir al imperio de los Onsmalli. Una derrota de la cual no logará nunca resignarse y que será recordada sobre su tumba, en la cual hará escribir: "Deseo conquistar Rodas e Italia".

Al día siguiente de la victoria los Jerosolimitanos se ponen nuevamente a trabajar para reconstruir la ciudad y los muros desvastados por la artillería. Su misión es la de combatir contra los infieles y saben que las oportunidades no faltarán.

Por deseo del Papa Alejandro VI, entre 1499 y 1503 se consttituye una liga de la cual hacen parte Francia, España, Portugal y Venecia. La Orden une sus galeras a las naves de la armada cristiana: grandes los proyectos, loables las intenciones pero moderados los resultados y, finalmente, será dejada sola a afrontar al eterno adversario.

Convencidos de sorprender a los Jerosolimitanos, los turcos intentan nuevamente en 1503. Esperan aprovechar de la sorpresa, pero la inmediata respuesta les obliga a retirarse con grandes pérdidas.

En Europa, en tanto, las luchas continuas entre varias naciones terminan por inducir a algunos estados a rever sus propias posiciones en la confrontación con el Islam y, en varias ocasiones la Francia cristiana estrechará alianza con los turcos. Aún Venecia, preocupada por su comercio, mantiene relaciones con Constantinopla y censura, a través de sus embajadores, la obstinada voluntad de los Caballeros de oponerse al superpoder musulmán en el Mediterráneo, considerando exagerada cierta preocupación suya acerca del peligro de una eventual ofensiva contra el Occidente.

Pero en 1520 sube al trono de los Onsmalli Solimán II, un joven ambicioso y genial: para Europa será el Magnífico, para el Islam el Legislador, para los Hospitalarios un enemigo despiadado. Tiene ideas claras y su primer paso es el de conquistar Belgrado: dueño ya de Hungría puede amenazar fácilmente Europa por vía terrestre. El otro baluarte cristiano está en el mar: los Juanbautistas no le permiten consolidar la supremacía de su flota y por tanto serán eliminados. El destino del Hospital está decidido: Solimán ordena a sus generales atacar.

La noticia no sorprende al Gran Maestre Fray Felipe de Villier de l'Isle Adam que dispone en total de seiscientos cofrades religiosos y 5000 hombres. Presintiendo el peligro ha enviado pedidos de ayuda a todos los soberanos católicos, pero ninguno se ha manifestado dispuesto a proporcionar refuerzos.

La Orden está sola frente al imperio otomano. En vano el Papa Adriano VI exhorta a los príncipes a acudir en socorro de los Jerosolimitanos. Sus llamadas quedan inescuchadas, mientras sobre la última fortaleza cristiana está por abatirse una tempestad de fuego.
En la mañana del 6 de junio de 1522, los hombres de vigía sobre la torre sintieron dar un vuelco a sus corazones a la vista de la flota que se veía ya delineando el horizonte. Centenares de naves cargadas de soldados se avecinaban lentamente. Reunidos los Caballeros, el Gran Maestre recordó en breves palabras la obligación asumida al momento de vestir el hábito jerosolimitano: combatir a los infieles aún a costa de la vida y demostrarse dignos del privilegio de pertenecer a la Sacra Milicia.

Pero el espectáculo de las fortificaciones que se elevan hacia el cielo debía despertar no pocas preocupaciones también entre las filas de los atacantes. Un doble cerco de muralllas sólidamente adheridas a la roca natural y a pico sobre el agua, corría en torno a la ciudad y para reforzarla en tres lados, hacia la tierra firme, había un foso de entre sesenta y ciento cuarenta pies de profundidad. El muro incorporaba trece torres y la ciudad estaba dominada del alto campanario de la iglesia de San Juan. Por todo lado, cañones listos a hacer fuego.

En cuanto a determinación, el Gran Maestro da de inmediato una elocuente demostración: Felipe De Villiers de L'Isle Adam ordena incendiar las villas y las residencias veraniegas para evitar que en los lujuriantes jardines, ricos en plantas exóticas, el enemigo pueda encontrar escondites. Y, para dar ejemplo, dispone que la demolición comience por su espléndida residencia. Tierra quemada aún dentro de los muros, espera al adversario.

Entre tanto, el cerco se estrecha. Millares de esclavos desembarcan de las naves artillería de todo calibre mientras las colinas circundantes se cubren de estandartes y de tiendas multicolores. Cuando los turcos abren el fuego, la isla parece incendiarse. Desde la ciudad responden los cañones, y las torres, refiere un historiador, semejan emerger de una nube de humo. De la parte de los otomanos están el número, la potencia, la formidable organización militar y el fanático desprecio de la propia vida y de la de los otros. En el frente de los Juanbautistas, el valor alegre de la Fe y el genio de un caballero: Gabriel Martinengo, el más famoso ingeniero de asedio de la época. Ha dejado Candia, donde estaba al servicio de la Serenísima, para unirse a sus hermanos y poner a su disposición toda la astucia que su genial capacidad le sugería.

El duelo de artillería se prolonga ininterrumpidamente por días y días. El 26 de junio, las tropas otomanas se preparan para el primer asalto. A lo largo de la esplanada los Jerosolimitanos esperan al enemigo. Sobre las armaduras llevan el traje de batalla. Su sóla presencia, la vista de su uniforme bastan para llenar de furia a los otomanos. Antes de ocupar el puesto justo sobre la muralla, han escuchado la misa en la catedral de San Juan. Un día como los otros, iniciado con la celebración del rito sagrado. Pero en aquella mañana está con ellos todo el pueblo de Rodas. Pescadores, campesinos, gente sencilla que se aprieta en torno a aquellos hombres que han aprendido a estimar y que por tanto tiempo han defendido su libertad, sus casas y que de su isla la hecho una patria respetada y temida.

En el campo turco hay en convencimiento de que el largo bombardeo ha debilitado la resistencia de los asediados y no se excluye la posibilidad de que aquella sea la jornada decisiva.

Precedidos del ensordecedor estrépito de los tambores y de los gritos de los comandantes, miliares y miliares de turcos marchan hacia los muros. Pero recorren algunos centenares de metros y aquella masa humana parece vacilar bajo los golpes de la artillería que abre entre sus filas vacíos espantosos. Y no obstante la avalancha de fuego y de piedras que se precipita desde lo alto, la masa hormigueante alcanza los bationes e intenta la escalada.

Es una masacre. Pese a los gritos de estímulo y a las amenazas de los comandantes, el ejército se retira abandonando sobre el terreno, junto a miles de hombres, la esperanza de concluir rápidamente el asedio. Una jornada épica, al finalizar la cual los Caballeros agradecen, en la catedral de San Juan, a su protectora La virgen del Filermo. En las calles, la gente festeja la victoria, pero el asedio apenas ha comenzado y los otomanos volverán pronto al asalto.

Innumerables los ataques de doscientos mil hombres que circundan Rodas.. Pero cada tentativa resulta vana y con el pasar de los días las tropas comienzan a negarse a combatir. Está en juego el prestigio mismo del Islam y para resolver la delicada situación, Solimán, informado de la situación, decide asumir personalmente el comando de la operación. Y el 28 de agosto llega con una nueva flota. Trae consigo otros soldados y una artillería de una potencia hasta aquel momento desconocida.

A pesar de todo Rodas resiste. El 4 de septiembre, con una mina los atacantes logran saltar una parte del bastión de la Lengua de Inglaterra y en torno a aquella brecha la lucha se enciende furibunda. Rechazados a precio de grandes sacrificios, el enemigo vuelve otra vez el 24 de septiembre. Será una de las jornadas más dramáticas: los caídos del lado de los turcos son, según los cronistas de la época, quince mil. Una verdadera y propia degollina.

También en la ciudad la situación se hace siempre más grave. Las provisiones comienzan a escasear y la gente se halla extenuada, mientras de Constantinopla continúan llegando refuerzos.

Siguen días difíciles para los asediados y en el alba del 17 de diciembre, Solimán desata el asalto decisivo. Después de horas y horas desesperadas, los genízaros superan el cerco amurallado, pero en un último esfuerzos el Gran Maestre y sus hermanos de religión sobrevivientes, logran rechazarlos nuevamente. Es ya inútil continuar la lucha y los rodesinos piden que se trate la rendición con Solimán. Aunque reducidos a un centenar, los Caballeros rechazaron desdeñosamente una solución similar, pero Fray Felipe Villier de l'Isle-Adam conoce el atroz destino que, en caso de ulterior resistencia, los conquistadores reservarían a la población. 

Profundamente impresionado del coraje de los adversarios, el sultán recibe al Gran Maestre con gran respeto. Sabe que Rodas está exhausta, pero no olvida que también su ejército está muy afectado y que la lucha podría durar todavía días y días. Y solimán acepta las condiciones propuestas: la ciudad y la población serán respetadas, a los Juanbautistas les consiente llevar cuanto poseen y les asegura el honor de las armas. Se pérmitirá, en fin, a los rodesinos que lo deseen, seguir a los Jerosolimitanos en su exilio.

El 24 de diciembre, después de seis meses de combates, los turcos entran en Rodas y al alba del 10 de enero (según algunos cronistas la partida sucede el 2), la Orden del Hospital deja la tierra que por más de dos siglos ha sido su patria. Sobre las naves que toman lentamente el mar abierto, no flamea el rojo pabellón de la Religión, sino un paño blanco sobre el cual se distingue, recamada en oro, la imagen de la imagen de la virgen con una inscripción: Aflictis Tu spes unica. Una decisión dictada por la profunda devoción de la Madre del Salvador pero, al mismo tiempo, una denuncia contra la cristiandad que ha abandonmado a sus hijos en el momento supremo.

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