Sin Patria

espués de muchos sucesos infaustos, a fines del mes de julio la flota juanbautista atraca al puerto de Civitavecchia. El único dispuesto a ofrecer refugio a los Jerosolimitanos es Adriano VI. Triunfal acogida reciben los defensores de Rodas. Formada en el Arsenal, la escuadra pontificia rinde honores a las naves de la Religión, mientras el Papa pone la ciudad a disposición del Gran Maestre para que sea la sede provisional de la Orden. Una propuesta inesperada, una hospitalidad generosa que alienta a los Juanbautistas. Aceptada la oferta, Fray Felipe de Villiers de l'Isla-Adam establece en Civitavecchia el Convento y el Hospital y la base naval de los papas se convierte en la primera residencia de la Sacra Milicia después de la pérdida de Rodas.

No obstante la disponibilidad de la Santa Sede, el Gran Maestro decide sin perder un momento evaluar las posibilidades para una nueva y adecuada organización. Sin abandonar la esperanza de volver un día a Rodas, se incluía entre las primeras la hipótesis de instalarse en el puerto de Suda, sobre la costa septentrional de Creta o en Cerigo, la más meridional de las islas jónicas, proyecto que encuentra de inmediato la oposición de Venecia: la Serenísima está ligada a Constantinopla por acuerdos comerciales y políticos y teme la vecindad de los belicosos hijos de San Juan. Ulteriores sondeos toman en cuenta a Elba, Menorca, Ibiza, Heres, Ischia y Malta. Y, entre tantas, parece la solución ideal justamente esta última. Pertenece a la Corona de España y la decisión para una eventual cesión corresponde a Carlos V.

Pero el 1° de septiembre Adriano VI muere. Una grave pérdida para los Juanbautistas: con el viejo pontífice desaparece un aliado precioso y el 8 de octubre de 1523, mientras los cardenales entán ya varios días reunidos en cónclave, una embajada parte para España. La guían el Prior de Castilla, Fray Diego de Toledo y Fray Gabriel Tadino Martinengo, el ingeniero que en Rodas se ha cubierto de gloria, quedando gravemente herido.

Pasan pocos semanas y el mundo cristiano saluda a un nuevo pontífice: Julio de Medici sube al solio de Pedro con el nombre de Clemente VII. La labor de la Embajada comienza, entre tanto, a dar los primeros resultados. El emperador propone Menorca, Ischia, Ibiza, Heres y Ponza, pero ninguna de estas islas parece satisfacer como sucede con Malta, incluída también entre las varias posibles sedes, a las múltiples exigencias de la Orden. La posición geográfica la hace un baluarte natural y desde esa base los Jerosolimitanos podrían controlar todas las rutas de la flota turca que se mueve cada vez más tranquila y cuya agresividad va en aumento.

Consideraciones éstas que el soberano español no deja de hacer. Hacia la mitad de abril llega Antonio Bossio con la primera propuesta a Viterbo, a donde se había transferido el convento. El Caballero que ha venido entre los enviados, refiere la intención del emperador de conceder Malta, Gozo y la base de Trípoli, pero señala también la dura contrapartida exigida. Las dos islas serán concedidas por Carlos como feudo perpetuo, en su nombre y el de sus sucesores, pero el Gran Maestre deberá prestar juramento de fidelidad al soberano.

Condición inaceptable. El juramento de fidelidad constituiría una grave violación de la Regla que impone la más rígida neutralidad en los conflictos entre estados cristianos y contrasta con las condiciones supranacionales de la Orden. La primera reacción al proyecto imperial es pues, negativa. Poco después y luego de dos sesiones bastante animadas, el Capítulo decide tratar con el soberano y declara aceptar Malta y Gozo a condición de quedar libre de cualquier vinculación: única obligación, una Misa a celebrarse cada año como agradecimiento por el beneficio recibido o el regalo de un halcón a entregarse el día de Todos los Santos al Virrey de Sicilia.

Respuesta audaz que podía provocar la ira del monarca Pero éste no se molesta y permite que una delegación visite la isla. Ocho caballeros, uno por Lengua, desembarcan en Malta y la inspeccionan minuciosamente. Una inspección que permite al Capítulo disponer de noticias precisas acerca de las condiciones de la defensa y sobre los recursos locales. No obstante el estado de necesidad, los responsables no parecen dispuestos a tomar una decisión apresurada. Saben demasiado bien, que el Islam no les dará tregua y que apenas estén en su nueva tierra serán asaltados por la armada de Solimán. Se trata, además, de asumir una obligación de valor histórico frente a toda la cristiandad y es útil conocer con exactitud las dimensiones y consistencia de los problemas económicos que tendrán que afrontar.

El primer contacto es decepcionante: Malta no entusiasma a los Juanbautistas. Grande, rocosa, inhóspita, no admite comparación con Rodas ni por clima, ni por belleza natural y como expertos soldados, se dan cuenta de cuán difícil será defenderla. Para fortificarla deberán gastar sumas ingentes y lo que está sucediendo en Europa no favorece sus intereses económicos. En poco años han perdido las posesiones de Alemania e Inglaterra y la Reforma y el cisma han creado graves problemas en la caja del Tesoro Común.

La peste, mientras tanto, obliga a los Jerosolimitanos a abandonar Viterbo. El 15 de junio de 1527 se reúnen en Corneto, una población poco distante, pero también el nuevo refugio se demuestra inseguro. Después el 14 de noviembre, la flota echa anclas en el puerto de Niza acogida por el duque Carlos III de Savoia. Es la tercera sede después de Rodas en la cual los caballeros permanecen por dos años en espera de sucesos.

Los embajadores, mientras tanto, prosiguen su labor, y en el curso del año de 1528, Fray Antonio Bosio trae finalmente la noticia de que el emperador Carlos V ha decidido aceptar el pedido formulado por el Capítulo General en mayo de 1524: el emperador concede Malta desgravada de cualquier obligación de fidelidad , pero insiste en que se junte a la donación de la fortaleza de Trípoli. Un reglado del cual la Orden prescindiría.

Y finalmente, el 23 de marzo de 1530, a un mes de la solemne coronación en San Petronio de Bolonia, durante un descanso en Castelfranco Emilia, Carlos V firma la bula con la cual asigna la isla a la Sacra Milicia. El emperador acepta las condiciones y entre una misa y un halcón, elige este último. Un tiempo más aún y el 26 de octubre, el Gran Maestro desembarca en Malta y toma posesión solemnemente. Siete interminables años han transcurrido desde el momento en que, en una gris mañana invernal, los Jerosolimitanos dejaron Rodas. Para los Caballeros de San Juan de Jerusalem llamados de Rodas y desde entonces también de Malta, se inicia otra fase importante de su trayectoria histórica.

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